Recuerdo muy bien cuando se produjo aquella primera (y nefasta) importación de carnes vacunas a Venezuela desde la Argentina en el 2005, que comercializó MAKRO y que fue vendida por la empresa argentina FRIARSA. En aquella oportunidad, y sin saber el desastre que se nos venía encima a todos los venezolanos (*), compré por curiosidad, un par de Solomos de Cuerito (bife recto de acuerdo a la nomenclatura de ese país) cortados y empacados envidiablemente bien, con una espesa y densa grasa de cobertura y con un marmoleado que sugería una buena calidad.

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 Una de las cosas que más llama la atención dentro del mundo de las carnes rojas es el obstáculo que representa en términos comerciales la colocación del cuarto anterior de la res (*). Puede tratarse de un lote de ganado excepcional, y no obstante ello, siempre constituirá un dolor de cabeza el qué hacer para poder obtener un mayor valor por los cortes que provienen de esa sección de la canal (**). Irónicamente, y en claro contraste con lo anterior, los cortes obtenidos a partir del cuarto trasero o posterior que se conocen como “nobles” (y que junto con el solomo de cuerito reciben el nombre de “pistola” por su forma característica), se venden prácticamente sin el mayor esfuerzo, dejando –por decirlo de alguna manera- una indignante sensación de bastardía.

 

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Por comodidad tendemos a mantener nuestra preferencia culinaria por algunas piezas de carnes rojas que, o bien ya conocemos, o que se preparan con mucha facilidad o simplemente porque sabemos que siempre nos quedan muy bien. Vale decir,… siempre que sea un tiro al suelo. Por esa razón, no exploramos otras opciones que constituyen parte del repertorio cárnico de otros países, los cuales han aprendido a sacarle jugo a otras piezas de la res, y que ciertamente constituyen unas auténticas joyas como la que les voy a hablar hoy.

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